El Athletic de Bilbao compró años atrás un autobús. Un autobús que viaja por muchas ciudades y pueblos entre ellos Eibar y Durango. En la localidad guipuzcoana había un chico llamado Markel Susaeta. Muy cerca de la vizcaína, en Iurreta, lo utilizaba Fernando Amorebieta. Entre las dos, en Matiena, un barrio de Abadiño, subía un tal Ander Iturraspe.
Los dos primeros son hoy lo que el presidente, Fernando García Macua, llama jugadores estratégicos. El tercero lleva camino de entrar en esa clasificación. Se trata de la gran apuesta de la cantera de Caparrós para la temporada. Los partidos de preparación han constatado que es uno de los primeros medioscentros, sólo superado por Javi Martínez y Orbaiz. El entrenador ha profetizado que esta campaña «Iturraspe tendrá mucho protagonismo».
Amorebieta y Susaeta hicieron buenas migas en el autocar con este chico de sonrisa limpia y que desde su puesto de mediocentro mostraba una aguda percepción para leer el fútbol. Pero, de repente, Iturraspe se bajó de autobús. Corría el año 2004 y llevaba cuatro temporadas en Lezama. Había pasado por los dos equipos alevines y los dos infantiles. Cuando tenía 14 y estaba a punto de entrar en cadetes, la antesala de los juveniles, le dio por uno de esos graves interrogantes metafísicos de la edad. ¿Qué hago yo en Lezama si mis amigos juegan en el pueblo?
Iturraspe rememora ahora este episodio de su pasado como una metedura de pata en toda regla. El asunto comenzó a darle vueltas en la cabeza en Semana Santa. Y se lo planteó a su entrenador del infantil A, Fernando Quintanilla, 'Txirri', hoy responsable de captación en Lezama. El técnico se encontró ante una situación inverosímil. Uno de los principales talentos de la cantera quería irse al Abadiño cadete. «Le dije que me aburría y que quería jugar con los amigos. Chorradas de la edad...».
Una concesión
No hubo manera de que diera marcha atrás. Ni siquiera le hizo recapacitar el hecho de que en su último torneo con el Athletic infantil, disputado en Las Palmas, fuera galardonado como mejor jugador. Al poco de llegar al Abadiño se percató de que allí el fútbol no era el mismo. «Ni olía el balón porque yo soy mediocentro y la pelota iba todo el rato por el aire». Los técnicos rojiblancos aplicaron entonces la estrategia de la gota malaya. Continuas llamadas y una concesión: «Vale, aceptamos que estés en el Abadiño, pero al menos ven a entrenar durante la semana a Lezama». Tercamente, Iturraspe contestaba que nones.
Hubo un momento en el que por fin cedió. «Comencé a valorar lo que había dejado en Lezama. Y comprendí que los amigos, al fin y al cabo, tampoco iban a dejar de serlo porque yo jugara en otro equipo». Se comprometió a ir los miércoles a la factoría rojiblanca. Una vez que había puesto en pie en la primera escalera, a los responsables de la cantera les bastó con unos cuantos empujones más para que subiera de nuevo al autobús de Lezama. En cadetes de segundo año regresó al redil. Atrás quedaba lo que define como «un error muy grande».
Cuando llegó Caparrós formaba parte del Basconia, el filial de Tercera. Enseguida se las arregló para llamar la atención del entrenador, que le llevó a la primera de las sesiones de tecnificación que realizó con los canteranos. A Caparrós le encantó y en los dos últimos meses de la pasada campaña inició los preparativos para su salto al fútbol profesional. Kike Liñero, entrenador del Bilbao Athletic, con el que jugó tres partidos el pasado curso, fue el encargado de transmitirle la noticia más importante de su corta carrera. El utrerano había decidido que los dos últimos meses de la Liga 2007-08 entrenara con el primer equipo. «Me quería ver de cerca para ver si estaba para dar el salto».
Caparrós le hizo jugar en amistosos por distintas localidades de Vizcaya, pero su presencia pasó inadvertida porque los focos se centraron en Jonás Ramalho e Iker Muniain. El utrerano le explicó el plan que tenía para él. «Me dijo que tenía talento, que era un jugador diferente a lo que tiene y que me quería ver entrenar. Me indicó que debía coger más fuerza y masa muscular. Peso 73 kilos con mis 1,87 y debo llegar a los 87».
Siempre en el sitio
Con ese objetivo se puso a cumplir a rajatabla un plan de gimnasio. Lo tuvo que detener tras sufrir un leve accidente doméstico. «Estaba cortando jamón y me herí», dice mientras muestra una cicatriz de un centímetro en la palma de su mano izquierda. «Fue una faena. En la concentración de Isla Canela tuve que dejar de hacer pesas y otros ejercicios en la playa como la soka-tira. Pero ya está superado y he podido retomar el plan para conseguir fuerza y masa muscular».
Sus compañeros hablan de él como un Orbaiz con diez centímetros más de altura. Lo que le hace diferente a ojos de Caparrós es su capacidad para la organización, para sacar la pelota jugada de forma aseada y para estar en el sitito. «Dicen que juego fácil y que eso es una virtud». Aunque para muchos técnicos en Lezama sea un jugador llamado a lograr grandes metas, Iturraspe se muestra humilde. «Juego bastante fácil con las dos piernas, pero debo mejorar en los pases largos y en el golpeo a gol. Se me pasa poco por la cabeza tirar desde la frontal y Caparrós me insiste mucho en eso. De cabeza debo mejorar también porque con mi altura algún golito debo meter de cabeza». El pasado curso sólo firmó uno en 33 partidos con el Basconia.
En el primer partido del Colombino fue alineado en el equipo de los considerados titulares para la Liga. De todas formas, no quiere brindar aún por el éxito. «Técnicamente, soy del Bilbao Athletic. Mi futuro depende de cómo me salgan las cosas en pretemporada, pero veo lo que Caparrós ha ce conmigo y lo que dice a los periodistas y percibo la puerta del primer equipo bastante abierta». Iturraspe no quiere volver a bajarse del autobús de Lezama. Quiere cumplir la profecía de Caparrós, ésa que mantiene que esta temporada tendrá «un gran protagonismo».
El Correo Digital