 Eñaut Zubikarai podría ser el protagonista de una de esas biografías que tanto gusta leer en las tardes de verano. La suya es una historia de sueños y desilusiones con final feliz. El de Ondarroa alcanza a los 24 años el objetivo que persigue desde niño: ser portero de la Real.
El camino no ha sido fácil. No lo es para nadie porque sólo llegan unos pocos elegidos, pero Zubikarai ha tenido que lidiar además con un hombro que le ha dejado tirado en varias ocasiones. El izquierdo, en concreto.
Tres luxaciones y otras tantas operaciones le hicieron sopesar la posibilidad de arrojar la toalla y dedicarse a oficios físicamente menos exigentes. Pero él quería ser futbolista y estaba dispuesto a levantarse cuantas veces fueran necesarias.
«Me ha costado mucho llegar hasta aquí», confesó ayer en Zubieta no sin cierta timidez. Era su primera comparecencia en sala de prensa, pues los chavales del Sanse están protegidos del acoso de los medios. Dicen que es por su bien, y no les falta razón. Pocas cosas peores hay para una joven promesa que decenas de periodistas -y miles de aficionados- calentándole los cascos con glorias futuras que pueden no convertirse en realidad. Demasiados juguetes rotos ha conocido ya Zubieta.
Zubikarai relató que su carrera ha estado salpicada de «malos años y malas lesiones». Aterrizó en el club en edad temprana y con la mochila cargada de ilusiones. Pero en juveniles recibió el primer golpe de la vida. No fue el último. Una luxación de hombro frenó su progresión. Tuvo que pasar por el quirófano y permanecer diez meses de baja.
Cesión frustrada al Eibar
El tiempo transcurrió y Zubikarai fue escalando peldaños en las categorías inferiores. El Sanse le dio la oportunidad en la temporada 2001/02 y él no la desaprovechó. Se ganó la confianza de los diferentes entrenadores que pasaron por el banquillo y hace tres campañas salió cedido al Eibar. La Segunda División terminaría de hacerle un hombre.
Nada. El hombro se le volvió a salir. Un mal gesto, una mala caída. Siempre pasaba algo. Mala suerte. Eñaut se pasó toda el año en blanco, entre cirugía y rehabilitaciones varias. Lo que prometía ser una aventura de aprendizaje se transformó en una pesadilla sinfín.
Ya de regreso al Sanse, y con el hombro en su sitio original, el panorama parecía clarificarse. Era el jugador más veterano de aquella plantilla y estaba por delante de Ximun en las preferencias del míster. Todo era perfecto. O casi. Tercera luxación, tercera intervención y otros diez meses en el dique seco.
«Fueron momentos difíciles», recordaba ayer Zubikarai. «Se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Pensamos en cambiar de médico. Pensé hasta en lo peor, pero por fortuna todo ha salido bien y desde entonces no he sentido molestias».
La pasada temporada pudo jugar con normalidad y tuvo continuidad bajo palos. Ahora, Riesgo está en Huelva y Lillo le ha abierto las puertas del primer equipo. El sábado disputó los noventa minutos en Lerín y el técnico le nombró «mejor organizador» del partido. «Me vi bien, con buenas sensaciones. No encajamos goles y estoy muy contento. Mi intención es trabajar y trabajar, y lo que sea, será, porque Bravo es un gran portero».
Zubikarai tuvo un recuerdo especial para todas aquellas personas que le levantaron el ánimo en los momentos más duros. «Sin ellos no estaría hoy aquí. La verdad es que me ha ayudado mucha gente y les estoy muy agradecido».
Riesgo, a la espera
Asier Riesgo se sometió al reconocimiento médico previo a su cesión al Recreativo. El meta debarra está a la espera de la autorización de los administradores concursales de la Real para ser presentado como nuevo jugador del club onubense, que pagará 350.000 euros y, según Badiola, otros 150.000 en caso de permanencia en Primera División. «Esta cesión nos arregla un problema importante porque tenemos otros dos porteros de garantías», explicó ayer el presidente txuri urdin.
Diario Vasco
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